Lo veo imponente, un minotauro de 4 metros de alto hecho completamente de cristal no pasa desapercibido. El minotauro me mira estático, yo lo miro con temor.
Por una ventana se filtra una potente luz, la luz atraviesa el corazón del minotauro de cristal y del mismo sale reflejado un rayo multicolor que se impacta en las frutas de los muros, las frutas se calientan y de su olor me siento esclavo. El minotauro no deja de mirarme y me ruega con sus ojos de cristal, que le quite ese dolor del pecho, ese dolor multicolor, ese rayo de luz, ese fuego que le acaba el alma.
Con una barra de metal lo golpeo fuertemente, los cristales salen y me rasgan un poco la cara pero no me duele, el minotauro se quiebra y en pedazos va cayendo al suelo y al rebotar, pequeños cristales se clavan en las frutas y en mi. Antes de que su cabeza explote contra el suelo, alcanzo a ver gratitud en sus ojos fríos. El minotauro ya no está.
En la barra de metal quedan rastros de cristal que pongo en mi lengua, siento el sabor y siento la sangre de mi lengua. No puedo moverme, me siento transparente y solitario, frío y lejano.
Veo que alguien entra en la habitación y de una ventana un rayo de luz me atraviesa el corazón...