lunes 14 de diciembre de 2009

sugar town

Llegaba  a la oficina aún con la voz de ella cantando "Sugar Town" girando en su cabeza. Tenía ganas de inhalar los sobres de Splenda como si fuera coca y endulzarse la nariz por dentro. No lo hizo. Le daba un poco de miedo lo que la fenilalanina podía provocarle.

Se sirvió un café y se dispuso a trabajar, revisar papeles y sellarlos, firmar algunos, señalar con un marcatextos los errores, ver por la ventana el mundo. Otro día más tirado. Otro día en donde los sueños se le iban como piedras cayendo por un acantilado.

Tenía que hacer una llamada pero no recordaba el número, marcó una vez, no era, dos veces, ocupado, tres veces, colgó.

Tomó el marcatextos y dibujo sobre la ventana de su cubiculo un sol. Cuando regresó al día siguiente el sol había crecido y su color cambiado. Dos días después era una bola de fuego incandescente, flotando en su cubiculo. No podía dejar de mirarlo, sus retinas se quemaron y lo último que alcanzó a ver fue un post it con el teléfono que no había encontrado antes. Típico. 

Amargo. Sin azúcar en la nariz. Sin "Sugar Town" en su cabeza. Sin sueños. Sin Sol.


viernes 11 de diciembre de 2009

El vivir

Una vez me fuí de misiones con uno de mis mejores amigos en el mundo. Dos chavos de la UNI en las misiones católicas del TEC. Morenitos pues. 

Lo hicimos por lo que obviamente siempre ha sido nuestro motor. Las mujeres. Ambos tenemos el corazón inmenso y somos de fácil enamoramiento. Si una chica linda nos sonríe valió madre. Ambos caemos prendados y hemos llegado algunas veces a discutir por sus cariños, pero al final, cuando ninguno de las dos lo logra, volvemos a ser lo que siempre seremos. Amigos de toda la vida. 

Hoy que hace un frío maligno aquí en mi ciudad y que él está en un lugar aún más lejano y frío como lo es Toronto, recuerdo ese viaje. 

No la misión. EL VIAJE. Ambos, par de idiotas, decidimos que la ciudad de Mazatlán estaba mucho muy cerca de El Salto, Durango, y tomamos nuestras cosas, nos dimos un abrazo llenos de polvo y dijimos. Vamos.

Tomamos un raid en un camión de mudanzas en el cual casi morimos del susto, dos veces estuvo a punto de desbarrancarse en el Espinazo del Diablo, yo dormía, el rezaba, yo rezaba, el dormía. Llegamos a Mazatlán ya de noche y no teníamos donde quedarnos. No conocíamos a nadie y sólo teníamos 200 pesos para toda la vida. 

Cenamos cacahuates viejos y galletas aplastadas. Dormimos en el suelo y al despertar, a las 6 am, cuando empezaba a amanecer. Dejamos las cosas y nos fuimos corriendo a la playa. Ambos teníamos 18 años. Corrimos y respiramos la sal que corre por las calles, vimos las palmeras moverse con el viento y el sol aparecer frente a nuestros ojos. Nos detuvimos en seco. Eran las 6:03 de la mañana de un sábado en Mazatlán. Lo vimos una vez más pero siempre parece que es la primera. El mar.

Dos niños corriendo al agua, quitandonos la camiseta y en jeans entrando al frío del agua. Todo para mi era una película, todo para mi era tan perfecto como la ficción. El agua salada y la arena aún fresca. Una señora que pasaba corriendo y para quien el mar y nuestra aventura le eran indiferentes, nos hizo el favor de tomarnos una foto. La posteridad de una de mis mejores mañanas. 

Esa tarde tomabamos cerveza Pacífico con arena y fumabamos Delicados húmedos. Bajo el sol de Mazatlán. Lejos de casa. Lejos de mis 27 años en un frío Monterrey. Lejos de Toronto en invierno. 

Hoy quise sentirme de 18 años, al menos en este blog.

martes 8 de diciembre de 2009

Gel

Comienzo el día con las manos llenas de gel sanitizante, el olor me produce sensaciones inexplicables. Abro la ventana y respiro el aire frío. Me lleno los pulmones de nieve y soplo sobre mis manos, se congelan, el frío que limpia, pienso.

Nunca he sabido atarme bien las agujetas, ni leer los relojes de manecillas, ni leer los ojos de las mujeres, dislexias pequeñas, pienso.

Camino por el filo de la acera, como cuando niño. Nunca saludo a la gente que me saluda con un gesto, solo los ignoro, me gusta que se lleven en la mente mi maleducadez y después, si muero antes que ellos, mientan y digan que siempre fui el tipo más amable, el más cálido, un ángel. Mamadas, pienso.

Compro un té de hierbas que me cuesta demasiado, lo disfruto y me siento sobre las bancas de madera de la cefetería transnacional. Escucho a los estudiantes de medicina hablar de disecciones, de cuerpos, de borracheras, de putas. Juventud, pienso.

Vuelvo a casa y me envuelvo en las cobijas, he decidido no volver a trabajar nunca más. Que venga el banco y me quite los muebles, que venga mi casera y me saque a golpes, que vengan de casa y me quiten el coche, la dignidad y lo que tengo, menos la sonrisa. Sueños, pienso.






Ella pierde una calceta

Leo a Haruki Murakami antes de dormir.

He iniciado el libro que más he deseado en mucho tiempo y al cual, le puse una clausula. No lo compraría, tenían que regalarmelo. Porque como regalo funciona en niveles aún mejores, en aquellos en donde el aprecio interviene. Y aquí me tienes, leyendo "Crónica del pájaro que da cuerda al mundo". Genialidad. 

De él he leído ya algunos, cada uno mejor que el otro. Espero que cuando llegue a México "IQ84", sea aún mejor que éste que leo ahora y que en la página 6 ya me ha hecho sonreír porque este tipo está loco, de amor, de soledad, loco de gatos y de palabras, una enfermedad que me gustaría tener. Encontrar la magia en lo común, la belleza de la soledad y el tiempo justo para decirlo, la entonación adecuada, el sonido stereo del mundo, de japón, su japón, mi japón.

No se si clasificarlo como Realismo Mágico, pero sin animos de ofender...Gabriel García Marquez se la pela. Es verdad. Para mi al menos. Porque las palabras fluyen como un liquido viscoso que me va invadiendo la cabeza y que no para hasta el momento en el cual, cansado de los ojos, cierro el libro, y cada que lo cierro, soy una mejor persona. Porque tengo en mis manos, magia. 

Cortázar y Murakami. No se si influencias, pero si al menos, gustos, placeres. Ambos que se caen de amor por las mujeres, por los gatos, por ser ellos mismos, por ser.

Carajo que buen libro, me gustaría en estos momentos que este blog fuera conocido, así más gente podría enterarse de que en el mundo hay un viejo japonés enfermo de su jodida cabeza que nos hace o me hace, sonreír.

Como Marisol cuando me toca con su fuerza increíblemente débil y que a  la vez, me desarma. Como Brenda que hoy puso que cada noche pierde una calceta. Como el té zen de la mañana. Como ella que aún tengo sus pasadores en mi coche. Como manejar escuchando el soundtrack de 500 days of summer. Como la que está en España. Como la que escribe en Guadalajara. Como mis lentes limpios. Como mi mente igual.

Lo que es tener un buen libro en las manos.

lunes 7 de diciembre de 2009

de frío

Mi madre pasa por una rotonda que está en Ciudad Benito Juarez, un municipio neoleonés que colinda con Ciudad Guadalupe, lugar en donde he vivído la mayoría de los años de mi vida, todos los días casi a las 1230 del mediodía. Ella es directora de una escuela secundaria, la mejor directora del mundo. Es la mujer que amo, a ella y a mi hermana.

Pasa por ahí a esa hora, menos el viernes pasado. Dios que es grande y de quien he dudado muchas noches cuando me rompen el corazón o cuando mi estado de animo es una mierda, hizo que ella diera la salida temprano a los alumnos, el frío fue el motivo. 

Mi madre estaba en casa de mi familia a las 1230 del mediodía de ese viernes. Justo a la hora en la que en la rotonda de Ciudad Benito Juarez, en donde dicho sea de paso, está una estatua de este increíble ser humano, orgullosamente mexicano, empezó una masacre. Si, el norte es tierra caliente, de hombres rudos que traen camionetas y pistolas y se enfrenten sin temor a matar ni a morir contra aquellos que piensen diferente y que les limiten su capacidad de vender drogas, narcos pues.

16 muertos. 15 sicarios, 1 civil. Una señora llamada Sonia, casi de la edad de mi madre. La señora esperaba que cambiara el semaforo, iba a mcallen con sus hijos. Ya no llegó. Su hija cumplía 12 años ese día. Le regalaron una bala en la cabeza que la tiene en estado de coma. Lo último que la señora dijo fue, agachense, rezó y después ya no.

Pudo haber sido mi madre. Mi vida hubiera cambiado para siempre. A la hora en la cual la señora había dejado de existir, yo comía con mi familia y mi madre me miraba a los ojos y me daba besos en la cabeza para que se me quitara un dolor que traía producto del stress de la agencia. 

Leí hace poco en el blog de Marco Colín, genial publicista mexicano, un texto que decía "Pinches Mariguanos", en dicho texto, más que meterse con los criminales, se metía con el consumidor. Tiene toda la puta razón.

Es culpable para mí, el amigo buen pedo que fuma mota. El adulto joven que la fuma después de un día de trabajo. El huasteco atrapado en el pasado que la fuma por la nostalgia de aquellos tiempos en los que se le paraba y ahora no. La chica fresa buena onda que sale con el chico cool que fuma mota. Incluso yo. La he fumado. No mucho, no soy asiduo consumidor, creo la he probado tres veces, nunca la he comprado, nunca he dado un peso. No lo haré. Porque todos, en menor medida, matamos a Sonia y quizá, hubiera matado a mi madre de no ser porque hacía un frío del carajo y ella, tan buena, dió la salida.

Mi vida hubiera cambiado.
Mi vida cambió.


viernes 4 de diciembre de 2009

almibar

Uy está hasta arriba¡¡¡

La chica de la mercería del pueblo era la más guapa, un rayo de luz y de esperanza, la prueba fehaciente de que la naturaleza cuando da, da y bien.

Chilo siempre la quiso, al principio siendo niños, con la ternura con la que se quiere a la mejor amiga, a la que se le guarda el lugar en el camión escolar, a la que se le acompaña a casa y se le regala la última galleta de avena y miel. El tazo más preciado, ese, el díficil de Taz con gorra para atrás.

En la adolescencia, con el calor que provocaba en él cuando la tomaba por la cintura al bailar, esas cosquillas del infierno y la consecuente elevación de lo que no debe elevarse en público. Pero la quería bien, como quien quiere soñar que puede ver el sol a los ojos y no se quema.

Siempre el sueño de Zulema y su piel blanca, en un pueblo de morenos como Chilo, ella era la guerita de la clase, la reina de la primavera que lleva un lazo en la cabeza y como regalo se da a los alumnos para que la admiren cuando camina y rompe en dos las filas del ejército de púberes que pululan siempre con la esperanza de que ella alguna vez los mire.

Chilo lo sabía y por eso fue su fiel compañero, su amigo más cercano, el confidente de secretos íntimos y privadísimos, el pendejo que no saldría de amigo. Chilo lo entendía y tomaba su papel con la dignidad con la que puede hacerlo el rival que va perdiendo 8 a 0 en el primer tiempo. Chilo mira el suelo donde las hormigas lo comprenden en sus sueños de hormiga.

Chilo sigue con la mirada el rastro que las hormigas van dejando por el estante viejo en donde guardan las conservas de la mercería de Doña Zule, la madre soltera de Zulema, las hormigas le hablan y le dicen "siguenos Chilo, sabemos lo que quieres, tú no hagas pedo" y él, con la mirada sigue que las sigue y en eso, las piernas de Zulema arriba de una pequeña escalera, buscando en los estantes del medio un frasco de cerezas en almibar que la mamá de Chilo le mandó traer. En eso Zulema sube sus piernas un escalón más arriba y Chilo pudo por fin ver el sol. El sol de la semidesnudez de Zulema, el secreto oculto de su falda con dobleces. Ningún almibar le iba a saber también como lo que sus ojos acababan de probar. 

Por esas cosas, Chilo decía..."bueno pues, mejor esto que nada". Pequeñas batallas que nunca lo llevaban a nada, pero que al menos, por ese día, le daban la confianza de que no había sido un día más tirado a la basura. A la basura del anonimato que brinda la confianza de la falsa máscara que los hombres tímidos como él, se crean. Esa máscara que le dicen "el mejor amigo".


martes 1 de diciembre de 2009

las mandarinas

Dulce como el jugo que resbala por sus mejillas al morder la mandarina ya pelada. Así de dulce es lo que me dice cuando nos sentamos en el porche a ver como los fierros del coche viejo del vecino, se oxidan todos los días.

La escucho y sonrío y en ese momento, una vaca entra a cuadro caminando lentamente y de su piel azul, vibraciones del sonido de sus pasos mueven el pasto mal cortado en el cual descansan nuestros pies.

Todos los campos verdes del mundo caben en sus ojos y de ellos soy partícipe, soy rutinaria presencia en esa puesta en escena que es La Vida de Ambos. Es ella quien me llena las sonrisas y la paz de sus dientes blancos, me catapulta en sueños de té de tila.

Caminar de su mano. Sostenerla y mirarla mientras me catafixia sus ojos por los míos. Esos son los días en los cuales, reconozco que hay alguien arriba. Alguien inteligente al hacerla, un tonto al darmela. Los días en los cuales ella vuelve con su esposo, esos días de realidad difícil, de tequila reposado, de caminos de guanajuato, ese día los maldigo a ambos.

Me robaron. Eso dije al darme cuenta de que había llegado demasiado tarde. Otra vez.