jueves, 20 de septiembre de 2012
Desde el mar
Recibí una llamada a media tarde, estaba en la Ciudad de México, en el departamento que rentaba en una colonia llena de familias, buscando quizá a mi propia familia dentro de todas las conversaciones que escuchaba en los restaurantes, en la tienda, en el parque, en más de una ocasión creí escuchar ese tronido de dedos que hacía mi padre cuando quería que me apurara o incluso llegué a sentir en el hombro la mano de mi madre diciéndome que yo podía con todo.
Buscaba a mi gente en otra gente.
La llamada me informaba que tenía al fin la casa de mis sueños. Una pequeña casa en la playa, en donde la arena a veces se colaba y donde no había más ruido que el que provocaban las olas cuando golpeaban a lo lejos, con rocas inmensas que parecían que todo lo encerraban. Encerrarme, eso quería.
Mi hermano me llamó para decirme que el trato estaba hecho, desde hace años es el apoderado de mis decisiones,tomé un vuelo al pueblo en donde estaba la casa. Era un pueblo pequeño, más parecido a una villa que a un pueblo, lleno de gente que no preguntaba por ti, creo que era un pueblo a donde la gente iba a desaparecer, a que el agua los erosionara hasta que no quedaran ni los huesos. Me gustaba la idea de erosionarme ahí. Lejos de los tronidos de dedos de mi padre, lejos de la mano de mi madre.
Llegué y me entregaron las llaves, grandes, pesadas, era la primera vez que estaba ahí, la casa la había comprado con sólo ver las fotos, la compré porque en la descripción incluyeron un archivo de audio que decía: "A esto suenan las mañanas". Era un compendio de sonidos variados, aves, gritos de niños jugando, el viento en los árboles y al final, el mar. Yo quería que eso fuera lo que oyera al despertar y ahí estaba después de meses de negociaciones, recibiendo esas llaves, recibiendo esa casa y esos sonidos.
La casa necesitaba arreglos, tenía un hueco inmenso en el techo por el que se colaba el sol durante gran parte del día, lo observé y me pareció un canal a Dios, después reí y decidí repararlo. Fui al pueblo y compré lo que necesitaba para hacerlo, me trepé en una escalera y comencé a tapiar el techo. Sonó mi teléfono, dejé que sonara y al contestar, escuché la voz de otro de mis hermanos, el que nunca me llama, el que juró que sólo lo haría cuando fuera estrictamente necesario porque en su percepción de la hermandad no necesitabamos escucharnos, ¿para qué hablarnos si podemos pensarnos?.
Me dijo que mi padre, nuestro padre, acababa de morir.
Colgué el teléfono. Regresé a tapiar el techo.
Viajé a primera hora de la mañana a mi ciudad, una ciudad lejos del mar, metida en la sierra, en el calor, en los recuerdos. La noche que pasé después de la noticia fue hermosa. Descansé en el mar, escuchaba a las gaviotas, mi padre estaba conmigo en espíritu y lo sentí. El tronido de dedos rompía la noche, inmenso, como un trueno. Comenzó a llover.
Llegué al funeral y lo vi dormido, lejano, coloqué una moneda en su bolsa izquierda, ¿qué tal que necesitaba pagar el pasaje? Lo amé más que nunca, a pesar de todo lo que nos separó, lo amé, el agua del mar que llevaba guardada en mí por la noche anterior, brotó de mis ojos y cayó sobre los suyos. Juro que escuché una gaviota entrar al salón y salir volando por la ventana.
Regresé a mi casa en la playa. Llevaba aún el traje del funeral, estaba solo, un poco más solo ahora, un poco más huérfano.
Me quité los zapatos y caminé a la arena. Me senté ahí a ver el cielo que se pintaba de rojo. Me quité la corbata y el saco y entré al mar con pantalón y camisa. Nadé horas. Las lágrimas que había traído del funeral brotaban de mis ojos y se mezclaban en el agua del mar. Juro que escuché sus dedos entrar al agua y salir en una ola.
Mi casa en la playa, mi padre en la playa.
jueves, 2 de agosto de 2012
De cuando
Cuando pensabas que lo tenías todo.
Cuando despertabas sintiendo que estabas completo.
Que las cosas eran perfectas.
Que sólo había tréboles de 4 hojas en la acera de la casa.
Que los veranos eran eternos y los inviernos un parpadeo.
Cuando más seguro te sentías.
De pronto, el cielo se cae y te aplasta.
Y terminas con plumas de ángel en la boca y los dientes rotos como teclas de piano en una caricatura.
Terminas convertido en la persona que no querías.
Terminas terminado.
De cuando eramos más pequeños.
De cuando estabamos los dos.
De cuando los pinos no se doblaban por el aire.
De cuando no dormíamos.
De cuando nada.
jueves, 12 de julio de 2012
De los dragones
Dejé de soñar con dragones a los 17 años. Fue justo el Sábado de Gloria, había tanto por hacer que dormí sin sentir el aleteo golpeandome en la cara, moviéndome el pelo, quemándome los ojos con sus respiraciones. Eran grandes sueños los sueños de dragones.
Volábamos todas las noches y los paisajes cada día cambiaban. Los escenarios no se repetían y lo que ibamos descubriendo nos sorprendía más y más. Yo quería que mis sueños de dragones no dejaran de suceder, pero pasó. Se fueron y no regresaron.
Yo los maldije desde mi cama, nunca más hijos de puta, le dije al aire y ellos entendieron y me dejaron en paz. Sin despedidas, sin abrazos, sin nada.
Así me quedé.
En el vacío de los sueños eróticos comunes, en la trivialidad del vértigo de los sueños en los que caes, en el predecible terror de las pesadillas de asesinos. Pero no había más dragones. Ni uno solo. Se extinguieron para siempre y con ellos lo que quedaba de niño en mí.
Hasta hace 3 días. Entré a mi casa, la cual habito solo yo y pude sentir a uno de ellos, la estancia estaba cálida pero no como siempre, un calor acompañado de un rumor de respiraciones lo invadia todo. Sentí algo que creí olvidado, corrí hacia allá pero no había nada. El vacío. El pinche vacío.
Hoy creo que soñaré con dragones de nuevo.
Me he tomado todos los calmantes y he bebido todo el alcohol que hay en la casa. Hoy los sueño porque los sueño hijos de puta, así no vuelva a despertar jamás.
martes, 3 de julio de 2012
De los pendientes
La revolución no se televisará, se twitteará y pasará de mano en mano a través de teléfonos celulares y callará todas las bocas que tenga que callar y los dedos y las voces serán las balas de los que odiamos la violencia y de los que no queremos que todo explote y que el olor de la polvora quemada nos impregne la ropa como perfume de Paco Rabanne y nos de alergia y nos haga llorar con la sola idea de que las tumbas clandestinas llenen los campos y el trigo y el maíz crezcan con sangre y el sabor del óxido y el adn nos convierta en hombres que comen hombres y terminemos todos con hemofília y nos desangremos en un río interminable de heridas que no cerraron ni cerrarán.
Tengo miedo de que pase lo que tenga que pasar y al final no pase nada y la apatía me convierta en mi padre sentado en su sillón. Y las canas me llenen los ojos y me hagan la voz inaudible y nadie me escuche gritar.
No quiero que pase la revolución por mi casa y no me encuentre ahí y no me pueda unir como fila de conga en boda, quiero que la revolución me lleve aunque no me pueda mover.
lunes, 25 de junio de 2012
Encontrar
Somos millones de millones de millones de millones de millones de fragmentos, de partículas que flotan y se elevan en este caldo de cultivo del universo. Somos un compuesto de sólidos con líquidos y gases que se aglomeran y conjugan.
Somos años de historia evolutiva y constantes cambios en la estructura microcelular.
Somos cambios en el orden de las cosas.
El zarpazo de un puma al viento.
El otoño que se escapa por una rendija de la puerta de entrada de la casa de un amigo.
Somos una constante en constante.
Una detención.
La irrupción ilegal de Dios en un estanque.
Y no somos.
viernes, 11 de mayo de 2012
De repetir
Aún lo recuerdo bien.Hacía mucho calor, calor típico de allá. Estábamos sentados tomando café frío en un Starbucks. Las manos tomadas. Más bien, una tomando a la otra. Comenzó a hacer frío en la ciudad. Debí de haber notado la ventisca polar que iba congelando las calles a su paso. Creo que incluso alcancé a ver a un par de osos blancos moviendo con sus garras un viejo auto estacionado.
Hacía tanto frío que debí de haberlo notado. Ella me miró y señaló mis tenis.
Yo la miré y señalé el futuro. Ella no me creyó.
¿Qué garantías tenía?
¿Por qué creer en una empresa tan de subida?
Ella me pidió que la llevara a su casa.
La dejé en la puerta y entró.
Cerró y comenzaron a caer del cielo todos los rayos del mundo.
La estratosfera era un campo extraño y ajeno.
Conduje a casa esquivando animales que escapaban de zoológicos.
No tuve defensa.
La única que tenía era mi orgullo de decir que usaba Adidas, no Converse.
De eso hace años.
Hoy traigo Converse.
Dicen que quien no aprende de sus errores, está condenado a repetirlos.
Escucho en youtube "We are young" de Fun.
"Tonight, we are young" dicen.
Esta noche estaré en casa repasando la estrategia.
Recorriendo los caminos y viendo donde fallé.
Esta noche es crucial.
Esta noche no soy joven.
No encenderé el mundo en llamas.
No brillaré más fuerte que el sol.
Esta noche me quedo para quedarme.
lunes, 23 de abril de 2012
Mentira
Es Navidad, son las 2 de la mañana del 25 de diciembre del 2009. Mi familia acaba de pasar una noche de cenas, alcohol, rockband, más alcohol y sobrinos.
Salgo a la cochera. Enciendo un Lucky Strike con un encendedor que tiene grabado el nombre de una empresa constructora que por un tiempo fue cliente mio.
Hace frío.
Me cubro del frío.
Sale un niño de la casa. Tiene 4 años. Me pregunta que qué hago ahí.
Le digo que congelarme.
Ríe y se mete a su casa.
Sale la mamá del niño.
Tiene 27 años.
Me pide un cigarro.
Le doy uno y lo enciendo.
Platicamos del frío. De la cena. De los regalos del niño.
Tiene frío.
Se cubre del frío.
Sale mi madre de la casa. Apago mi cigarro y me dice que nos iremos de ahí en media hora.
La chica me pide que si por favor la llevo a su casa.
Me queda cerca de mi casa.
Accedo.
Voy adentro y le digo a mi madre que acompañaré a la chica a su casa. El niño está dormido en un sillón. Lo recoge. Le ayudo con los juguetes y con una botella que quedó sin abrir.
Nos despedimos de todos.
Sube a mi auto.
Conduzco casi en silencio.
Ella no dice nada.
La dejo en su casa. Me pide que entre.
Dejo al niño en su cuarto.
Me despido de ella en la puerta de la casa.
Subo a mi coche.
La observo a través de la ventana.
Enciendo mi coche y me voy.
La casa en donde la dejé es la de mi abuela.
La casa de mi infancia.
La mujer que llevé a su casa es mi prima hermana.
Crecimos separados.
La vida nos llevó a distintas ciudades.
El niño es su hijo.
Mi sobrino.
Es la cuarta vez que lo veo en mi vida. Una por año.
Una semana después, justo antes de tomar el vuelo que me llevara de regreso a mi departamento en la ciudad en la que vivo, tomo un café con mi madre en el aeropuerto.
Está seria.
Ella no es seria.
Me pide que le diga la verdad.
Que le diga si algo pasó entre ella y yo.
Le digo que no sé de lo que hablo.
Ella me dice que lo que hicimos está mal desde cualquier punto de vista, el religioso, el moral, el genético.
Le digo que si ella piensa que pasó algo entre ella y yo, le pregunte a ella para que vea que es mentira.
Ella fue la que le dijo esa mentira.
Mi madre ha dejado de creerme.
Mi prima ha mentido y me alejado de mi madre.
¿Por qué?
No lo sé.
¿Por qué no?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)