miércoles, 5 de marzo de 2014

Sueños.

Los sueños, quebrados, esperando a que alguien los pegue, los junte, los arrope, los convierta en una enzima, en un diamante, en un deseo, los sueños. Que tienes, no tienes, perdiste, encontraste, robaste. Porque los sueños también se roban, yo mismo he robado sueños. Me siento a esperar a que alguien no los amarre bien, no les ponga un candado, no se de cuenta y de repente, aparezco y me apropio de esos sueños, de los sueños de un aumento en el trabajo, de unas vacaciones en Asia, de una rubia y una morena desnudas a mi lado, de una bicicleta en Navidad, de volver a comer comida de la abuela. Y los hago míos y lucho por ellos y cuando los consigo, los abandono. Huérfanos los sueños de soñadores. Abandonados. Sin nadie que sueñe con ellos.
Es difícil volver a escribir. Te pierdes en lo tonto. En lo que no tiene sentido. En el pasado. En los fantasmas. En los errores. En los homenajes. Pero siempre, es bueno volver. A ti, a mi. A todos.

lunes, 30 de septiembre de 2013

De los olores

Tengo la cabeza llena de momentos prisioneros, que salen a pasear de vez en cuando al detectar, en sus radares invisibles pero no por eso equivocados, un olor que detona una sensación, partículas cambiantes que construyen situaciones completas en base a mezclas de savia, naranja, canela, musgo o chocolate. Perfumes que por una parte, me remiten a sexo, a encuentros húmedos, pasajeros, a casas vacías y estacionamientos públicos, a cuellos que besar, a labios que morder, a ojos que inundar de lágrimas de despedidas para siempre. Olores de comida que me llevan rápido en la caja de una pick-up al rancho, al mezquite quemándose, a la cebolla y el chile que se queman como el día, como los días de veranos de 40 grados o más, como las alas de las libélulas atrapadas en el río más cercano. Olores de amaneceres frescos, de polvo de viajes, de abrazos que no se dieron y no se darán. De azoteas llenas de botellas vacías, de sol y lluvias. El olor de las personas que quieres. El olor que dejan los que se van.

martes, 20 de agosto de 2013

Casualidad

Suena el timbre de casa, insistente, nervioso. Salgo y encuentro a mi vecina, 70 años, cabello morado, fuma mientras me habla. -Acaban de chocar tu auto- dice y escapa el humo de su boca y llena el pequeño pasillo que marca que el departamento 3 es mío. Me pongo unos viejos tenis y una gorra, dormía la siesta del domingo cuando pasó todo. Veo que un grupo de personas se arremolina en la calle, distingo una camioneta Ford Lobo negra que acaba de impactar un pequeño Mini Cooper, el cual terminó impactado en la parte trasera de mi Nissan Tida. -Es tuyo el auto?- me pregunta una joven, su novio está siendo atendido por un paramédico, ellos venían circulando y una camioneta salió de repente, me dice mientras no dejo de ver que acaba de llorar de miedo, reconozco esa mirada, la veo seguido. Llegan los seguros, el hombre de la Ford Lobo está en la parte trasera de una patrulla esperando, no hay cargos, no hay nada, mi coche tiene la suspensión trasera destrozada, el cristal trasero se ha roto en su totalidad, huele aún el espacio a llanta quemada y los fluidos de los vehículos han sido neutralizados con espuma que salió de una manguera de bomberos. El Mini no ha sido movido aún, sigue impactado en mi auto, lo tengo desde hace dos años, fue un regalo de mis padres al mudarme a esta ciudad. Mi seguro me pregunta los datos de siempre y qué hacía mi coche ahí. Respondo y mientras lo hago, recuerdo que en la cajuela tengo el cadáver de una mujer de aproximádamente 25 años, desnuda, con cortes en el abdomen y una contusión en la cabeza que no puedo explicar como "causas naturales". Algo malo va a pasar si mueven los autos. Empiezo a pensar las explicaciones que daré. Llega la grúa y los bomberos comienzan a retirar el Mini Cooper estrellado. Enciendo un cigarro y escucho el crujir de los metales retorcidos, me recuerda a los gritos de la chica que espera ser descubierta. Decido entrar a mi departamento, doy una última mirada a la escena, los vecinos, los policías, los accidentados, los autos, todos en una calma que pronto se interrumpirá. Entro al edificio en el momento justo en el que el grito de la novia del accidentado opaca el crujir de los fierros. Entro a mi departamento. Estoy solo. Escucho el golpe insistente de los policías en el pasillo. Fui muy tonto al no moverla anoche cuando pude, después de nuestra noche en el parque, pero no lo hice, tenía sueño, estaba cansado o quizá quería que pasara. No soy tan buen vecino como todos piensan. Mala suerte de domingo, odio los domingos, los domingos me odian.

lunes, 11 de marzo de 2013

Fuera de contexto

"¡Me malinterpretaron, lo juro! no eran mis palabras, las sacaron de contexto"...detengan aquí la cámara. Si todos pudieramos tener la oportunidad, el beneficio de la duda del que gozan los que están expuestos a los medios, quizá los resultados serían diferentes, quizá la vida del ser de a pie, del humano común, sería mejor y más justa, porque nosotros no tenemos opción de eso, lo dicho está dicho y grabado en piedra y no se olvida y no se disuelve en el agua caliente del café, lo dicho es un mandamiento, un tatuaje que no sale, un accidente geográfico irremediable. Si yo hubiera tenido la oportunidad de proteger mi pasado con "me sacaron de contexto" "no eran mis palabras" quizá todo sería distinto. "Juro que la respuesta al inciso "c" no era esa, mi opción era otra pero me sacaron de contexto" tal vez así hubiera alcanzado el puntaje para entrar a ingeniería y hoy sería otra persona, quizá tendría un perro y un hijo y una esposa y una casa y una deuda inmensa con Banorte. "Es que no es que haya dejado de quererte, es que me sacaste de contexto", a la noche en la que ella leyó unos mensajes indebidos en mi correo, quizá hubiera habido una tercera oportunidad y hoy mi futuro sería más promisorio y menos obscuro que el horrible café de la oficina. No sé, no tenemos eso, no tendrémos eso, no me queda más que volverme famoso y poder aplicarlo alguna vez, pero estoy lejos, aún muy lejos de eso. Espero no esté fuera de contexto esto.

lunes, 4 de marzo de 2013

adiós

Tengo exactamente la mitad de su edad y diez veces más las ilusiones que él pueda tener. No entiendo el hecho de dejarse morir, de dejarse caer, de despedirse de mí así, dejándome con la certeza del fracaso, enseñándome a través de la deploración, lo que yo no quiero ser. Me llevo en la maleta la derrota de él. De lo que fue. Del ex deportista amateur que no logró nada. Del directivo escolar que perdió. Del hombre que no pudo ser y me quedo solo, más solo que nunca. Pero me llevo también lo que me dió y que nadie más pudo, amor. Abrazos necesarios. Cuidados únicos. Comida terrible pero de corazón. Lo extrañaré tanto que olvidarlo será lo más difícil que haya hecho. No se comparan mis esfuerzos de dejar de fumar y de despedirme para siempre del ex amor de mi vida. Hoy me queda la tarea personal de enterrar los recuerdos de mi infancia feliz, mi adolescencia fracturada y mi maduréz incierta. No seré como tú, le dije. No seré como tú porque yo no voy a perder contra mí. Un día a la vez me voy a vencer y te venceré a ti. Dejar de querer es imposible, dejar de pensar...me estoy convirtiendo en un especialista.

martes, 19 de febrero de 2013

Niños

El papel aluminio fue mi primer juguete. El que más quise. Lo tomaba a escondidas de las gavetas de la cocina de mi madre, lo guardaba de los restos de envoltura de paletones Corona, lo hurtaba del señor del puesto de la primaria que envolvía con él la comida que nos vendía. Lo guardaba como un tesoro, como si el color plateado fuera plata misma. Era feliz. Con el papel aluminio formaba armas, figuras humanas, paisajes que sólo vivían en mi mente, algunas veces también lo usaba para recrear noticias de la nota roja que leía en casa de mis abuelos, notas en las que se señalaba que había un caníbal que se había comido a sus hijos en Ecatepec, Estado de México, y me ponía a darle forma al caníbal y a la sangre de las cabezas de aluminio que rodaban por el piso de mi cuarto. Me tomaba horas, sólo se interrumpía todo cuando entraba mi madre para darme las pastillas o el jarabe o las inyecciones que necesitaba todos los días. Siempre fui un niño bastante débil. Las pastillas me mareaban bastante así que me recostaba con mi pequeño universo y lo transportaba todo a las sábanas de mi cama, ahora eran montañas en las que los ejercitos peleaban y el caníbal se convertía en uno más de los soldados que usaban estrellas ninjas para abrirse paso y ganar la batalla. No necesitaba más. Dormía profundamente. Me perdía en sueños de sangre y aluminio. De niño rara vez salía de mi casa a jugar en la lluvia, mi madre recuerda y se le rompe el corazón cada que me vuelve a ver en su memoria como el niño que veía por la ventana a los demás jugando en la lluvia, a mis hermanos corriendo y brincando en el agua, sanos, felices, sin problemas en los pulmones. Lo que mi madre no sabía es que yo veía las escenas de ellos corriendo y nos los envidiaba, sólo memorizaba sus movimientos para recrearlos con mis juguetes, pensando en mi imaginación que corrían huyendo de una invasión extraterrestre o de un incendio devastador o de zombies en estado de putrefacción y ahí, en mi mente, mis vecinos morían de formas horribles hasta que yo llegaba a salvar a mis hermanos con una armadura completa de papel aluminio, el material más preciado, resistente y heróico del mundo. Mi infancia estuvo recubierta siempre de papel aluminio marca Reynolds. Y fui feliz.