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miércoles, 10 de agosto de 2011

Fiebre

Bajé del cuarto y estaba empapado en sudor. Dejé a mi paso un rastro de agua. Pequeños charcos que hacían que quien quisiera caminar tras de mí, resbalara. Pero estaba solo, no había nadie para resbalarse en mi rastro de agua. Sudaba tanto que pensé que me deshidrataría y por eso fui a la cocina, necesitaba beber algo.

Abrí el refrigerador, mi cuerpo estaba seco, podían vérseme los huesos. Podían sentirse las esquinas de mis huesos sin siquiera tocarlos. Estaba mal. El refrigerador era inmenso. Presioné el dispositivo de agua fría y comencé a bañarme con el chorro de agua que caía sobre mi. Bautizado en el agua fría como Juan en el Jordán. Comencé a respirar y a sentir que aún quedaba vida en mi. Después cayeron hielos en mi cabeza. El piso de la cocina era una mezcla de distintas aguas en distintas etapas del cíclo del agua. El despertador marcaba las 4:19 am. Yo quería hacer una llamada, pedir una ambulancia, me ahogaba.

El compresor del refigerador estalló y con su ruido desperté. Había pasado la noche recargado contra el aparato y ahora estaba bien. Eso pensé. Al llegar a mi cuarto me desplomé. Un saco de papas podridas era yo. Un destello intermitente en el bosque. Una luciérnaga perdida en el agua más profunda. Nada.


jueves, 29 de enero de 2009

saeta

Avanzaba quebrando el agua, partiendola en dos, avanzaba escapando de la culpa, del dolor, de los recuerdos difíciles, avanzaba respirando en intervalos muy pequeños, sientiendo su cuerpo y el calor de su temperatura al chocar con el frío del agua.

Lloraba mientras nadaba y sus lágrimas eran más húmedas que el agua misma, sus lágrimas la empapaban terriblemente y la ahogaban, la ahogaban desde adentro. Desde el corazón. Las niñas grandes no lloran, pero ella siempre había sido pequeñita y hoy, mucho más.

La sola idea de sus lágrimas diluidas en el cloro de la alberca en la que las demás competidoras nadaban a su propio ritmo, con sus propias ideas y sus propios problemas, la sola idea de que sus lagrimas estuvieran formando parte de los cuerpos de esas competidoras, la entristecia aun más, porque ya sus tristezas formaban parte de la comunidad con la que compartía la alberca. Por osmosis al menos.

No hay tristeza que dure cien años ni triste que la soporte, pero con las nuevas tecnologías en el campo médico, quizá estemos en la nueva era de las tristezas que duran cien años o más. Será un parteaguas en el mundo de las tristezas y todos podremos ser lo infelices que queramos ser todo el tiempo que podamos vivir.

Como la chica que nada todos los días, como la chica que llora todos los días, como el corazón que late todos los días a intervalos breves, cortos, como las brazadas que daba la chica en esa piscina inmensa que es la vida y el dolor.

Las lagrimas empapando el agua y yo sin saber nadar.