miércoles, 5 de diciembre de 2012

Destiempo

Para llegar tarde también se requiere puntualidad. No todos pueden hacerlo. Es un ejercicio complicado. Retador. Un equilibrista sobre un edificio. Llegar tarde es un don de Dios.

Saber perder

El último libro que he leído se llama así, "Saber perder". Es de David Trueba, escritor español que también dirige películas de guiones que él mismo escribe. El título era lo que más me llamaba la atención, ¿sabemos perder? ¿sé perder? Yo creo que no, nunca he asimilado las derrotas como debo, ni en la cancha cuando mi equipo es goleado, ni las juntas cuando la campaña no se ha vendido, ni en el amor cuando me han cerrado la puerta en la cara. Saber perder. Hoy me dijeron que no tenía un futuro (específico en mi vida). Lo comprobé después por mensaje de texto que tenían razón. No había pasado ni una hora. No había futuro. Lo peor es que ya me lo habían dicho sólo que como siempre, no supe perder.

martes, 4 de diciembre de 2012

Tesoros

"Una vez al año" "La verdad no siento nada" "Todo pasa" Elijo las tres últimas frases de las tres conversaciones simultáneas que tengo con tres mujeres completamente diferentes, tres puntos de vista de tres cosas que no tienen nada que ver. Estoy alejándome de la orilla. Avanzo y no sé. Todo deja de detenerse como antes y comienza a caer al mar. Estrepitosamente. Escandalosamente. Recuerdos que se desgajan, estatuas de momentos y pinturas de instantes. Todo cae al mar y se hunde. Yo sigo a flote. Tengo suficientes salvavidas y cuerdas como para salvarlo todo. Dejo que se pierdan como barcos antiguos llenos de tesoros. Quizá alguien los encuentre después y se vuelva rico. Un cazador de fortunas. Un buscador de tesoros. Yo no. Dejé de acumular. Solté amarres. Viajo ligero. Con menos equipaje del que me permiten en la opción light para volar. Una muda de ropa, un teléfono, mi cepillo de dientes y un libro que hoy, me aconseja cuando veo todo lo que puede destruirse por tener miedo. Las palabras de los escritores siempre me han llevado, son la Rosa de los Vientos de mis dudas. Los autores caminan adelante, encienden antorchas de oraciones el camino no se ve tan aterrador. "Pues si" "Como el 12" "Todo pasa" Dos conversaciones avanzaron, una no. Tan parecido a la vida real.

martes, 27 de noviembre de 2012

Me dijiste

Me dijiste una vez que todo seguiría, que pasara lo que pasara siempre nos tendríamos ahí, siempre estaríamos repitiendo una y otra vez ese primer abrazo, ese tiempo detenido de cielo despejado y 2% de probabilidades de lluvia, de silencios nada incómodos, de noches interminables. Me dijiste que la primera canción que escuchamos juntos duraría una vida, que sería el intro de un sitcom con 79 puntos de rating, que las velas de los barcos siempre te llevan a buen puerto, que las miradas que nos dábamos siempre iban a estar ahí. Me dijiste que no pasaría más de un mes sin escribir y no lo hago desde el 2 de octubre, a partir de ese día se me olvidó. Me dijiste, te dije. Se dijo.

martes, 2 de octubre de 2012

Se detiene

Los relojes se detienen ante la proximidad de un imán, ante los avistamientos de fenomenos paranormales o por los simples designios de Dios. Los relojes pueden detenerse pero no el tiempo, no los momentos, no las palabras dichas que se desbordaron como caudal por el agujero que tenemos por boca, no los accidentes, no el "si tan sólo" y menos el "si yo hubiera". Eso, todo eso no se detiene. Avanza y se prende de las cosas, crece como hiedra en los muros de una casa abandonada, crece y crece. Crece el desamor. Crece la soledad. Crecen los relojes a la orilla del camino, perpetuamente detenidos. Inmaculados. Reflejando el sol como girasoles de minutos. Segundos que no transcurren, espasmos de tiempo que permanecen. ¿Y si nos juntamos a detenerlo todo? Tú con tu frialdad. Yo con mi silencio. Señorita Hielo y Mr. Freeze Una ventisca cierra la puerta para siempre. Cierren que llueve y graniza. Cierren que aquí se acabó la función. Los relojes aún conservan un poquito de escarcha entre las 12 y las 4.

martes, 25 de septiembre de 2012

Casi nada

Un espejo reflejando a otro espejo. Una sucesión de reflejos que no se acaba, se pierden nada más. Las últimas palabras de un hombre en el lecho de muerte, huecas y sin sentido como preguntar en dónde está el control remoto. El peluquero que sin clientes lee y relee una vieja revista de chismes, dibuja bigotes al azar y ríe para sí mismo. Los perros que caminan debajo del puente y beben agua del charco en el que flota una botella de PET. El niño que no puede dormir el domingo porque ha recordado que no terminó las planas de la letra "O" que le pidieron en la escuela y sabe que al día siguiente tendrá que mentir y que esa mentira se convertirá en pecado y el mismo miedo que siente ahora lo sentirá la noche del sábado antes de la confesión del domingo. Las montañas vistas desde la ventana del avión y la duda de si tomarle una foto o no. El silencio que se crea al atorarse una puerta giratoria con nadie adentro. El punto final con el que se cierra este texto. Casi nada.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Desde el mar

Recibí una llamada a media tarde, estaba en la Ciudad de México, en el departamento que rentaba en una colonia llena de familias, buscando quizá a mi propia familia dentro de todas las conversaciones que escuchaba en los restaurantes, en la tienda, en el parque, en más de una ocasión creí escuchar ese tronido de dedos que hacía mi padre cuando quería que me apurara o incluso llegué a sentir en el hombro la mano de mi madre diciéndome que yo podía con todo. Buscaba a mi gente en otra gente. La llamada me informaba que tenía al fin la casa de mis sueños. Una pequeña casa en la playa, en donde la arena a veces se colaba y donde no había más ruido que el que provocaban las olas cuando golpeaban a lo lejos, con rocas inmensas que parecían que todo lo encerraban. Encerrarme, eso quería. Mi hermano me llamó para decirme que el trato estaba hecho, desde hace años es el apoderado de mis decisiones,tomé un vuelo al pueblo en donde estaba la casa. Era un pueblo pequeño, más parecido a una villa que a un pueblo, lleno de gente que no preguntaba por ti, creo que era un pueblo a donde la gente iba a desaparecer, a que el agua los erosionara hasta que no quedaran ni los huesos. Me gustaba la idea de erosionarme ahí. Lejos de los tronidos de dedos de mi padre, lejos de la mano de mi madre. Llegué y me entregaron las llaves, grandes, pesadas, era la primera vez que estaba ahí, la casa la había comprado con sólo ver las fotos, la compré porque en la descripción incluyeron un archivo de audio que decía: "A esto suenan las mañanas". Era un compendio de sonidos variados, aves, gritos de niños jugando, el viento en los árboles y al final, el mar. Yo quería que eso fuera lo que oyera al despertar y ahí estaba después de meses de negociaciones, recibiendo esas llaves, recibiendo esa casa y esos sonidos. La casa necesitaba arreglos, tenía un hueco inmenso en el techo por el que se colaba el sol durante gran parte del día, lo observé y me pareció un canal a Dios, después reí y decidí repararlo. Fui al pueblo y compré lo que necesitaba para hacerlo, me trepé en una escalera y comencé a tapiar el techo. Sonó mi teléfono, dejé que sonara y al contestar, escuché la voz de otro de mis hermanos, el que nunca me llama, el que juró que sólo lo haría cuando fuera estrictamente necesario porque en su percepción de la hermandad no necesitabamos escucharnos, ¿para qué hablarnos si podemos pensarnos?. Me dijo que mi padre, nuestro padre, acababa de morir. Colgué el teléfono. Regresé a tapiar el techo. Viajé a primera hora de la mañana a mi ciudad, una ciudad lejos del mar, metida en la sierra, en el calor, en los recuerdos. La noche que pasé después de la noticia fue hermosa. Descansé en el mar, escuchaba a las gaviotas, mi padre estaba conmigo en espíritu y lo sentí. El tronido de dedos rompía la noche, inmenso, como un trueno. Comenzó a llover. Llegué al funeral y lo vi dormido, lejano, coloqué una moneda en su bolsa izquierda, ¿qué tal que necesitaba pagar el pasaje? Lo amé más que nunca, a pesar de todo lo que nos separó, lo amé, el agua del mar que llevaba guardada en mí por la noche anterior, brotó de mis ojos y cayó sobre los suyos. Juro que escuché una gaviota entrar al salón y salir volando por la ventana. Regresé a mi casa en la playa. Llevaba aún el traje del funeral, estaba solo, un poco más solo ahora, un poco más huérfano. Me quité los zapatos y caminé a la arena. Me senté ahí a ver el cielo que se pintaba de rojo. Me quité la corbata y el saco y entré al mar con pantalón y camisa. Nadé horas. Las lágrimas que había traído del funeral brotaban de mis ojos y se mezclaban en el agua del mar. Juro que escuché sus dedos entrar al agua y salir en una ola. Mi casa en la playa, mi padre en la playa.