martes, 2 de octubre de 2012
Se detiene
Los relojes se detienen ante la proximidad de un imán, ante los avistamientos de fenomenos paranormales o por los simples designios de Dios.
Los relojes pueden detenerse pero no el tiempo, no los momentos, no las palabras dichas que se desbordaron como caudal por el agujero que tenemos por boca, no los accidentes, no el "si tan sólo" y menos el "si yo hubiera".
Eso, todo eso no se detiene.
Avanza y se prende de las cosas, crece como hiedra en los muros de una casa abandonada, crece y crece.
Crece el desamor.
Crece la soledad.
Crecen los relojes a la orilla del camino, perpetuamente detenidos. Inmaculados. Reflejando el sol como girasoles de minutos. Segundos que no transcurren, espasmos de tiempo que permanecen.
¿Y si nos juntamos a detenerlo todo?
Tú con tu frialdad.
Yo con mi silencio.
Señorita Hielo y Mr. Freeze
Una ventisca cierra la puerta para siempre. Cierren que llueve y graniza. Cierren que aquí se acabó la función.
Los relojes aún conservan un poquito de escarcha entre las 12 y las 4.
martes, 25 de septiembre de 2012
Casi nada
Un espejo reflejando a otro espejo. Una sucesión de reflejos que no se acaba, se pierden nada más.
Las últimas palabras de un hombre en el lecho de muerte, huecas y sin sentido como preguntar en dónde está el control remoto.
El peluquero que sin clientes lee y relee una vieja revista de chismes, dibuja bigotes al azar y ríe para sí mismo.
Los perros que caminan debajo del puente y beben agua del charco en el que flota una botella de PET.
El niño que no puede dormir el domingo porque ha recordado que no terminó las planas de la letra "O" que le pidieron en la escuela y sabe que al día siguiente tendrá que mentir y que esa mentira se convertirá en pecado y el mismo miedo que siente ahora lo sentirá la noche del sábado antes de la confesión del domingo.
Las montañas vistas desde la ventana del avión y la duda de si tomarle una foto o no.
El silencio que se crea al atorarse una puerta giratoria con nadie adentro.
El punto final con el que se cierra este texto.
Casi nada.
jueves, 20 de septiembre de 2012
Desde el mar
Recibí una llamada a media tarde, estaba en la Ciudad de México, en el departamento que rentaba en una colonia llena de familias, buscando quizá a mi propia familia dentro de todas las conversaciones que escuchaba en los restaurantes, en la tienda, en el parque, en más de una ocasión creí escuchar ese tronido de dedos que hacía mi padre cuando quería que me apurara o incluso llegué a sentir en el hombro la mano de mi madre diciéndome que yo podía con todo.
Buscaba a mi gente en otra gente.
La llamada me informaba que tenía al fin la casa de mis sueños. Una pequeña casa en la playa, en donde la arena a veces se colaba y donde no había más ruido que el que provocaban las olas cuando golpeaban a lo lejos, con rocas inmensas que parecían que todo lo encerraban. Encerrarme, eso quería.
Mi hermano me llamó para decirme que el trato estaba hecho, desde hace años es el apoderado de mis decisiones,tomé un vuelo al pueblo en donde estaba la casa. Era un pueblo pequeño, más parecido a una villa que a un pueblo, lleno de gente que no preguntaba por ti, creo que era un pueblo a donde la gente iba a desaparecer, a que el agua los erosionara hasta que no quedaran ni los huesos. Me gustaba la idea de erosionarme ahí. Lejos de los tronidos de dedos de mi padre, lejos de la mano de mi madre.
Llegué y me entregaron las llaves, grandes, pesadas, era la primera vez que estaba ahí, la casa la había comprado con sólo ver las fotos, la compré porque en la descripción incluyeron un archivo de audio que decía: "A esto suenan las mañanas". Era un compendio de sonidos variados, aves, gritos de niños jugando, el viento en los árboles y al final, el mar. Yo quería que eso fuera lo que oyera al despertar y ahí estaba después de meses de negociaciones, recibiendo esas llaves, recibiendo esa casa y esos sonidos.
La casa necesitaba arreglos, tenía un hueco inmenso en el techo por el que se colaba el sol durante gran parte del día, lo observé y me pareció un canal a Dios, después reí y decidí repararlo. Fui al pueblo y compré lo que necesitaba para hacerlo, me trepé en una escalera y comencé a tapiar el techo. Sonó mi teléfono, dejé que sonara y al contestar, escuché la voz de otro de mis hermanos, el que nunca me llama, el que juró que sólo lo haría cuando fuera estrictamente necesario porque en su percepción de la hermandad no necesitabamos escucharnos, ¿para qué hablarnos si podemos pensarnos?.
Me dijo que mi padre, nuestro padre, acababa de morir.
Colgué el teléfono. Regresé a tapiar el techo.
Viajé a primera hora de la mañana a mi ciudad, una ciudad lejos del mar, metida en la sierra, en el calor, en los recuerdos. La noche que pasé después de la noticia fue hermosa. Descansé en el mar, escuchaba a las gaviotas, mi padre estaba conmigo en espíritu y lo sentí. El tronido de dedos rompía la noche, inmenso, como un trueno. Comenzó a llover.
Llegué al funeral y lo vi dormido, lejano, coloqué una moneda en su bolsa izquierda, ¿qué tal que necesitaba pagar el pasaje? Lo amé más que nunca, a pesar de todo lo que nos separó, lo amé, el agua del mar que llevaba guardada en mí por la noche anterior, brotó de mis ojos y cayó sobre los suyos. Juro que escuché una gaviota entrar al salón y salir volando por la ventana.
Regresé a mi casa en la playa. Llevaba aún el traje del funeral, estaba solo, un poco más solo ahora, un poco más huérfano.
Me quité los zapatos y caminé a la arena. Me senté ahí a ver el cielo que se pintaba de rojo. Me quité la corbata y el saco y entré al mar con pantalón y camisa. Nadé horas. Las lágrimas que había traído del funeral brotaban de mis ojos y se mezclaban en el agua del mar. Juro que escuché sus dedos entrar al agua y salir en una ola.
Mi casa en la playa, mi padre en la playa.
jueves, 2 de agosto de 2012
De cuando
Cuando pensabas que lo tenías todo.
Cuando despertabas sintiendo que estabas completo.
Que las cosas eran perfectas.
Que sólo había tréboles de 4 hojas en la acera de la casa.
Que los veranos eran eternos y los inviernos un parpadeo.
Cuando más seguro te sentías.
De pronto, el cielo se cae y te aplasta.
Y terminas con plumas de ángel en la boca y los dientes rotos como teclas de piano en una caricatura.
Terminas convertido en la persona que no querías.
Terminas terminado.
De cuando eramos más pequeños.
De cuando estabamos los dos.
De cuando los pinos no se doblaban por el aire.
De cuando no dormíamos.
De cuando nada.
jueves, 12 de julio de 2012
De los dragones
Dejé de soñar con dragones a los 17 años. Fue justo el Sábado de Gloria, había tanto por hacer que dormí sin sentir el aleteo golpeandome en la cara, moviéndome el pelo, quemándome los ojos con sus respiraciones. Eran grandes sueños los sueños de dragones.
Volábamos todas las noches y los paisajes cada día cambiaban. Los escenarios no se repetían y lo que ibamos descubriendo nos sorprendía más y más. Yo quería que mis sueños de dragones no dejaran de suceder, pero pasó. Se fueron y no regresaron.
Yo los maldije desde mi cama, nunca más hijos de puta, le dije al aire y ellos entendieron y me dejaron en paz. Sin despedidas, sin abrazos, sin nada.
Así me quedé.
En el vacío de los sueños eróticos comunes, en la trivialidad del vértigo de los sueños en los que caes, en el predecible terror de las pesadillas de asesinos. Pero no había más dragones. Ni uno solo. Se extinguieron para siempre y con ellos lo que quedaba de niño en mí.
Hasta hace 3 días. Entré a mi casa, la cual habito solo yo y pude sentir a uno de ellos, la estancia estaba cálida pero no como siempre, un calor acompañado de un rumor de respiraciones lo invadia todo. Sentí algo que creí olvidado, corrí hacia allá pero no había nada. El vacío. El pinche vacío.
Hoy creo que soñaré con dragones de nuevo.
Me he tomado todos los calmantes y he bebido todo el alcohol que hay en la casa. Hoy los sueño porque los sueño hijos de puta, así no vuelva a despertar jamás.
martes, 3 de julio de 2012
De los pendientes
La revolución no se televisará, se twitteará y pasará de mano en mano a través de teléfonos celulares y callará todas las bocas que tenga que callar y los dedos y las voces serán las balas de los que odiamos la violencia y de los que no queremos que todo explote y que el olor de la polvora quemada nos impregne la ropa como perfume de Paco Rabanne y nos de alergia y nos haga llorar con la sola idea de que las tumbas clandestinas llenen los campos y el trigo y el maíz crezcan con sangre y el sabor del óxido y el adn nos convierta en hombres que comen hombres y terminemos todos con hemofília y nos desangremos en un río interminable de heridas que no cerraron ni cerrarán.
Tengo miedo de que pase lo que tenga que pasar y al final no pase nada y la apatía me convierta en mi padre sentado en su sillón. Y las canas me llenen los ojos y me hagan la voz inaudible y nadie me escuche gritar.
No quiero que pase la revolución por mi casa y no me encuentre ahí y no me pueda unir como fila de conga en boda, quiero que la revolución me lleve aunque no me pueda mover.
lunes, 25 de junio de 2012
Encontrar
Somos millones de millones de millones de millones de millones de fragmentos, de partículas que flotan y se elevan en este caldo de cultivo del universo. Somos un compuesto de sólidos con líquidos y gases que se aglomeran y conjugan.
Somos años de historia evolutiva y constantes cambios en la estructura microcelular.
Somos cambios en el orden de las cosas.
El zarpazo de un puma al viento.
El otoño que se escapa por una rendija de la puerta de entrada de la casa de un amigo.
Somos una constante en constante.
Una detención.
La irrupción ilegal de Dios en un estanque.
Y no somos.
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