miércoles, 6 de febrero de 2013
Contratiempo
Siempre hay excusas para llegar tarde, una llanta ponchada, un accidente de tráfico, el despertador que no hizo su trabajo, lo que sea.
Yo no tenía excusas para llegar tarde a donde estabas.
Llegué a tiempo y no funcionó.
Llegué incluso con diez minutos de ventaja, no fuera a ser que no te encontrara.
Pero ya ves, nada.
Así como llegué, me fui. Antes de tiempo, antes de que lo notaras. Antes de todo.
Tomé el primer taxi que pasó y le dije que condujera lejos, no miré atrás.
No me arrepiento, ¿sabes?
Hay mucho de complicidad en la fuga, tú querías que me fuera, yo me quería ir. Simple.
Escapamos los dos de los dos.
A tiempo.
Sin contratiempos.
viernes, 1 de febrero de 2013
De limonadas en verano
Mi abuelo era un tipo duro, de esos norteños hijos de hombres que pelearon en la Revolución, criado a cintarazos y abstinencias, nómada, viajero de toda la vida.
Un tipo que lo mismo trabajó en una estación de radio en California, que pizcó frutas de temporada en Carolina del Sur, mi abuelo recorrió los Estados Unidos con su sombrero, una navaja y la promesa a mi abuela y mis tíos de que volvería.
Nunca supimos lo que hizo, lo que pasó durante sus viajes en tren, carreta o coche. Ni tampoco porque dejó de hacerlo y se instaló en Sabinas Hidalgo y puso una pequeña tienda de revistas.
Mi abuelo debió de haber vivido tantas cosas como para escribir un libro, no lo hizo, sólo un pequeño diario que lo mismo incluían recuerdos que números que simbolizaban cuentas por pagar.
El recuerdo más grande que tengo de él fue una tarde en Sabinas, lo acompañé a la casa que tenía en las calles Whashington y Regules, mi abuelo se molestó porque yo desprecié la comida que había y me dijo que no iba a comer entonces. No se despidió y se fue, me dejó en la casa solo. No comí ese día, sólo limones que había en los árboles del patio, pasé la tarde tomando limonadas. Mi abuelo se había ido a Monterrey y me había dejado dentro de la casa, sin llaves.
Trepé la barda y me fui a casa de una tía, me dieron de comer y regresé a la casa con una vasija con más comida para la cena. La casa me asustaba de noche. Era grande y en la noria podían aún escucharse los gritos del niño que dicen que alguna vez cayó ahí. Hacía mucho calor, Sabinas es el infierno en verano.
Mi abuelo no apareció y yo me quedé ahí. En la sala, con todas las luces encendidas y un vaso de agua de limón con hielos.
Toda la noche escuché el viento moviendo los árboles y el ruido de la vieja casa eran navajas que me cortaban los tímpanos. Dormí bañado en sudor, de calor y miedo.
Al día siguiente llegó mi abuelo. Me acerqué a él y le grité que era la peor persona, que lo odiaba, que eso no se hace y que me llevara a Monterrey.
No dijo nada, me dio dinero para el autobus y me señaló la puerta. Yo tenía 8 años.
No me fui, me subí a la camioneta y me llevó con él al campo.
Comimos esa tarde en una pequeña fonda, me quedé dormido en la camioneta y desperté al día siguiente en el cuarto que había sido de mi padre. Mi abuelo ya estaba regando los árboles con agua de la noria.
Volví a Sabinas en diciembre, pasé por la casa de mis abuelos, ambos ya no están aquí.
Dejé de escuchar los gritos de la noria y las navajas del techo, ahora sólo sonaba el agua con el que mi abuelo regaba los limoneros, limoneros que aún existen.
Regresé a Monterrey.
miércoles, 19 de diciembre de 2012
De silencios
Puedes conocer a alguien y nunca acabar de conocerlo, pero si pones atención, siempre hay cosas que delatan lo que pasa, que te van diciendo con un altavoz que las cosas no están bie, son banderas con señalamientos fosforescentes y antorchas que te gritan "haz algo", "lo que crees no es real", "ella no te quiere".
Desaparecer es una gran señal. Dejar de responderte el teléfono. Espaciar las vistas. Fingir demencia a las preguntas. Dejar de darle likes a tu FB. No tener tiempo para un RT o un FAV, idioteces tecnológicas pues. De sexo mejor ni hablamos.
Pero nunca vemos nada. Seguimos ahí, hasta que el tren se haya estrellado, hasta que la casa se haya quemado, hasta que uno de los dos se haya desangrado en el lavabo y no tenga voz ni fuerza para intentarlo una vez más.
Todo tan callado. Tan quieto.
lunes, 10 de diciembre de 2012
tres
Hoy renové mi pasaporte. Un trámite bastante sin chiste que me llevó dos horas en las oficinas de la Secretaría de Relaciones Exteriores más cercana a mi casa, las cuales están ubicadas en la parte más alta del edificio Armand, un lugar en el que lo mismo hay oficinas de Gobierno, que un gimnasio o una tienda de camisas de colores horribles.
Llegué y en lo que me recibía, recorrí con la vista los sellos de los lugares que visité en el transcurso de tres años, la entrada un 15 de septiembre a Barcelona y mi posterior salida desde Londres un 30 de septiembre, (solo), mi viaje a Montevideo a filmar un comercial en febrero del 2010, (solo), mi sello de entrada a EU un 15 de septiembre del 2011, (no solo).
Tres años en los que me pasaron tantas cosas que nombrarlas es perder el tiempo. Tres años de paísajes increíbles, de dudas existenciales, de logros personales, de miradas cómplices al abandonar un hostal en Cadaqués, de frío en el lobby de un hotel frente al Mar del Plata, de tequilas horribles en un bar de Austin.
Tres años, siempre renuevo el pasaporte cada tres años, me parece un momento de tiempo justo en el que mi rostro no ha cambiado tanto en la foto y que me ayuda a no deprimirme tanto por los escasos destinos visitados en más de mil días. Tres años es el tiempo perfecto para cambiar a medias.
La próxima vez que vaya, en tres años, tendré treinta y tres años y quizá nuevos sellos en mi pasaporte.
miércoles, 5 de diciembre de 2012
Destiempo
Para llegar tarde también se requiere puntualidad.
No todos pueden hacerlo.
Es un ejercicio complicado.
Retador.
Un equilibrista sobre un edificio.
Llegar tarde es un don de Dios.
Saber perder
El último libro que he leído se llama así, "Saber perder". Es de David Trueba, escritor español que también dirige películas de guiones que él mismo escribe.
El título era lo que más me llamaba la atención, ¿sabemos perder? ¿sé perder?
Yo creo que no, nunca he asimilado las derrotas como debo, ni en la cancha cuando mi equipo es goleado, ni las juntas cuando la campaña no se ha vendido, ni en el amor cuando me han cerrado la puerta en la cara.
Saber perder.
Hoy me dijeron que no tenía un futuro (específico en mi vida).
Lo comprobé después por mensaje de texto que tenían razón.
No había pasado ni una hora.
No había futuro.
Lo peor es que ya me lo habían dicho sólo que como siempre, no supe perder.
martes, 4 de diciembre de 2012
Tesoros
"Una vez al año" "La verdad no siento nada" "Todo pasa"
Elijo las tres últimas frases de las tres conversaciones simultáneas que tengo con tres mujeres completamente diferentes, tres puntos de vista de tres cosas que no tienen nada que ver.
Estoy alejándome de la orilla. Avanzo y no sé. Todo deja de detenerse como antes y comienza a caer al mar. Estrepitosamente. Escandalosamente.
Recuerdos que se desgajan, estatuas de momentos y pinturas de instantes.
Todo cae al mar y se hunde. Yo sigo a flote. Tengo suficientes salvavidas y cuerdas como para salvarlo todo. Dejo que se pierdan como barcos antiguos llenos de tesoros. Quizá alguien los encuentre después y se vuelva rico. Un cazador de fortunas. Un buscador de tesoros. Yo no. Dejé de acumular. Solté amarres.
Viajo ligero. Con menos equipaje del que me permiten en la opción light para volar. Una muda de ropa, un teléfono, mi cepillo de dientes y un libro que hoy, me aconseja cuando veo todo lo que puede destruirse por tener miedo.
Las palabras de los escritores siempre me han llevado, son la Rosa de los Vientos de mis dudas. Los autores caminan adelante, encienden antorchas de oraciones el camino no se ve tan aterrador.
"Pues si" "Como el 12" "Todo pasa"
Dos conversaciones avanzaron, una no.
Tan parecido a la vida real.
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